Published on octubre 22, 2015 by aljarafewebtv

El turismo ha encontrado en Internet una vía de acceso para llegar a más hogares y viajeros. En la provincia de Sevilla, esta página es la ventana que se asoma a sus fiestas, a sus monumentos, a la obra de sus artistas… La ventana desde la que es posible navegar por sus paisajes, navegar, por ejemplo, el río de Sevilla.
Hay un Guadalquivir histórico, cadente, majestuoso, y hasta altivo, que ha sido tantas veces llevado al verso. Es el río de aguas calmas, hermoso y muerto, atrapado entre Sevilla y su arrabal de Triana. Sin embargo, otro cauce corre paralelo abrazando la Cartuja, vigilado de cerca por los primeros pueblos del Aljarafe, un Guadalquivir vivo que atraviesa huertas de naranjos, orilleando por viejos y nuevos puentes, por viejos y nuevos edificios.

Gelves es uno de esos pueblos que a pesar de haberse extendido con la fiebre constructiva del Aljarafe, conserva un casco histórico con personalidad urbana, y dos símbolos de su historia vinculada al Guadalquivir: uno la vieja estación del tranvía que hacía la línea Puebla – Sevilla; otro, el puerto deportivo. Dos imágenes de una relación que ha cambiado con el tiempo.

“Del Río” es el epígrafe común de estos pueblos de la margen derecha, síntoma de su dependencia social y económica hasta hace pocos años. En Coria, el Guadalquivir es todavía el punto de encuentro de sus habitantes, una especie de monumento vivo que consideran suyo, donde aún surgen escenas que representan una forma de vida y un pasado ligado al río, como la pesca del albur.
Al amanecer, un pescador golpea los remos de su barca en el agua, conduciendo los peces a las redes. El pesquero se acerca a fuerza de remo… Se levanta la cuchara, y aparecen los albures, los pescados de Coria.

La historia reciente recuerda con especial cariño a un andaluz que habitó esta tierra los últimos años de su vida. Entre Coria y Puebla, dejó su casa llena de recuerdos e intenciones, Blas Infante Pérez, al que debemos los símbolos andaluces: el himno, la bandera blanca y verde, y el escudo.

Puebla del Río es la última localidad antes de entrar en la marisma, con edificios nobles que flanquean su Calle Larga.

Todavía dentro el término de Puebla, el viajero debe adentrarse en la Reserva Natural Concertada Cañada de los Pájaros, en el Parque Natural del Entorno de Doñana.

Este reducto es el primer humedal que encuentran las aves en su peregrinación al parque, por ello muchas se quedan, dando lugar a una variedad de especies asombrosa.
La Cañada de los Pájaros es además de una zona de invernada y reposo, un centro de cría en cautividad de especies amenazadas, que después son reintroducidas en el medio.

Los propietarios de la Cañada han querido ofrecer un trato cercano, a través de un contacto directo con las aves, ejerciendo una inestimable labor de educación ambiental, de estudio del comportamiento y marcaje de las distintas especies.

De vuelta a los horizontes infinitos de arrozal, la Venta El Cruce es punto de referencia para orientarse y tomar la carretera a Isla Mayor, el antiguo Villafranco.
En el camino, el poblado de Alfonso XIII es buen ejemplo de la arquitectura local de reciente creación.

El encanto de Isla Mayor hay que buscarlo más allá de sus calles y monumentos: en su forma de vida, en su gastronomía.
Los camarones, anguilas, doradas, albures, y sobretodo el cangrejo rojo americano, introducido en los años 70, han generado una gastronomía única, que unida a las aves y el arroz se convierte en uno de los mayores atractivos de la zona.

Los pescadores de cangrejo son un elemento más del paisaje de la marisma, que han transformado lo que antes era una plaga, en el sustento económico de muchas familias isleñas.

Pasando Isla Mayor, el arrozal adquiere toda su grandeza. Estamos ante un paisaje siempre cambiante, cada época del año ofrece visiones distintas, y quizá sea el Otoño la estación más sugerente: la presencia de aves es mayor, y los tractores, cambiadas las ruedas de goma por otras de hierro que llaman italianas, fanguean el campo, encharcando el pasto con su escolta de garcillas boyeras.

Uno de los carriles conduce a la finca Isla Mínima, buen ejemplo de la unión de los modos de vida tradicionales, la industria arrocera, y el motor turístico.

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