Published on octubre 22, 2015 by aljarafewebtv

Santiponce es conocido por conservar en su término municipal las ruinas de la ciudad romana de Itálica. Pero hace 700 años, no sólo Itálica, sino el propio Santiponce y todas sus tierras, eran propiedad de la comunidad de monjes que vivía en este Monasterio.

Cerrado durante años, ha sido objeto de una restauración ejemplar, que ha redescubierto un monumento único por su devenir histórico.

Desde que se avista a lo lejos, el edificio se impone como un castillo. De hecho, los contrafuertes, las almenas, las troneras, dejan clara su función defensiva.

1301 es el año de partida de una larga historia. El monasterio, como primera sorpresa arquitectónica, tiene adosadas dos iglesias casi iguales. Se accede por la que construyó Juan Alonso Pérez de Guzmán, para ser enterrado en ella junto a su esposa; rivalizando así con su padre, Guzmán el Bueno, que está enterrado en la iglesia primitiva.

Los sepulcros de los fundadores del edificio, Guzmán el Bueno y María Alonso Coronel, ocupan una de las salas más espectaculares, donde además del coro, se encuentra el retablo que diseñó Martínez Montañés.

Las tallas de los santos más venerados del monasterio están en él: el titular, San Isidoro de Sevilla, es aquí el obispo admirado por su cultura y santidad.

San Jerónimo es la versión montañesina del modelo que impuso Pietro Torrigiano.

La colocación de San Jerónimo en la calle central del retablo no es casualidad: el monasterio, fundado para la orden del Cister, se había entregado en el siglo XV a una rama de los jerónimos creada por fray Lope de Olmedo.

En esta época, el Monasterio cambia radicalmente: la nueva comunidad de monjes instaura reglas y costumbres, a las que se va a adaptar el viejo edificio.

Algunos claustros los utilizarán como lugar de enterramiento, como éste llamado Patio de los Muertos, cuyos muros se decoran profusamente.

Lo mismo ocurrió en el Patio de los Evangelistas. Aquí, las pinturas murales pasan a un primer plano. Después de cerca de seis siglos a la intemperie, los frescos se han recuperado y muestran, con un estilo propio de la pintura medieval, a los evangelistas y otros santos, entre los que no falta San Jerónimo, impartiendo sus enseñanzas.

En esta época, por impulso de Lope de Olmedo, el Monasterio fue un foco activo de protestantismo, en el que se escribió la primera traducción al castellano de la Biblia, la que se conoce como Biblia del Oso, firmada por Casiodoro de Reyna.

Los intentos de reforma obligaron a Felipe II a reunificar la orden jerónima. Esto produjo nuevos cambios en el Monasterio: en la Sala Capitular, se cegaron los frescos; y se construyó una nueva bóveda para tapar la anterior. Tras la restauración, todo ha quedado a la vista.

Pasear por las estancias del complejo monacal sirve para hacerse una idea de cómo era la vida de los monjes que lo habitaban. En el refectorio, por ejemplo, las comidas discurrían ante la presencia de una monumental Santa Cena.

La decoración de los sitiales, como pasó siempre en este monasterio, se superpuso una y otra vez, dando lugar a una lectura tan interesante como compleja.

Con la exclaustración de los monjes, el conjunto fue utilizado como cárcel de mujeres, y sus instalaciones se usaron para albergar fábricas y ganado, llegando a nuestros días en un estado casi irrecuperable.

Tras su restauración, se ha abierto un nuevo ciclo para el monasterio, marcado por el respeto de las distintas épocas y estilos artísticos. Esta es la única clave posible para interpretar un monumento en el que se funden la austeridad cisterciense, el mudéjar y el gótico, junto a la tradición renacentista y barroca.

El que fuera primer edificio declarado Monumento Histórico Nacional de la provincia de Sevilla, vive hoy otra etapa de esplendor. Además de provocar el rencuentro con un patrimonio oculto hasta ahora, su visita puede ayudar a comprender mejor, 7 siglos de historia.

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